Existencialistas

Después de la segunda guerra mundial, Jean-Paul Sartre (Foto del lado derecho) y Albert Camus obtuvieron gran popularidad con sus tesis filosóficas conocidas como existencialismo. Estas se hallaban expuestas en sus libros teóricos (El ser y la nada, de Sartre; El hombre rebelde y El mito de Sísifo, de Camus, para sólo mencionar tres obras medulares) pero también en novelas, cuentos y obras teatrales (El muro, La náusea, Puerta cerrada, de Sartre; El extranjero, La caída, de Camus), que generaron una fuerte excitación entre varios jóvenes franceses. El existencialismo se hallaba sintonizado con ideas de Martin Heidegger, Karl Jaspers, Sóren Kíerkegaard y Federico Nietzsche, entre otros, y era una corriente pesimista, desencantada (“El hombre es una pasión inútil”, decía Sartre), pero humanista e incluso con algunos tintes románticos; en todo caso expresaba la atmósfera desoladora que pendía en Europa después de nazis, fascistas y bomba nuclear.
El existencialismo influyó enormemente porque fue una de las primeras manifestaciones de un espíritu de los tiempos, o un estado de ánimo colectivo, de desencanto paulatino que después abarcó casi todo el mundo, pero en los años cincuenta los primeros en manifestarlo fueron algunos jóvenes franceses, entusiastas de la obra de Sartre y Camus, que empezaron a llamar la atención porque se vestían de negro; se dejaban la barba y bigote. Eran jóvenes sensibles, insatisfechos, y la rolaban por los cafés y bares de Saint Germain des Prés, donde se podía encontrar a Sartre con Simone de Beauvoir; estos jóvenes erigieron a Juliette Greco como imagen de su alma y alentaron una imagen de desinhibidos y pervertidones intelectuales que con gusto le entraban al alcohol y al hashish.
Estos tataranietos de los poetas malditos se dejaron ver bien en algunas películas de la Nueva Ola francesa de fines de los cincuenta: el ambiente, por ejemplo, en Los primos, de Claude Chabrol, y el espíritu, radiante, en las personalidades de Michel Poiccard y Patricia en Sin aliento, de Jean-Luc Godard.


Hacia fines de los cincuenta el existencialismo se había dado a conocer en gran parte del mundo y los libros de narrativa de Sartre y de Camus se pusieron de moda internacionalmente. Por supuesto, apreciar el cuerpo de ideas que
sustentaba al existencialismo se requería un entrenamiento en lecturas filosóficas, pero la narrativa era más accesible, oscura y sumamente inquietante.
En México, a principios de los años cincuenta, aparecieron los que Oswaldo Díaz Ruanova llamó “existencialistas mexicanos”; Emilio Uranga, Jorge Portilla, Joaquín Sánchez Macgrégor, Antonio Gómez Robledo, Leopoldo Zea, Manuel Cabrera (quien era cuate de Heidegger), Luís Villoro y otros alumnos de José Gaos. Algunos de ellos Formaron el grupo Hiperión y escribieron estudios sobre el ser del mexicano desde un punto de vista sartreano-heideggereano-kierkegaardeano-husserleano-camusino. Por cierto, entre los existencialistas mexicanos, Díaz Ruanova incluyó a José Revueltas, quien, a pesar de que siempre profesó la doctrina marxista, en su literatura muchas veces se vio como auténtico existencialista. Estos maestros dieron vida al existencialismo en México desde el lado de la alta cultura.
Por el de la contracultura, a principios de los sesenta, cuando los doctores hipariones ya no se interesaban por el existencialismo, o no tanto, en México se empezaron a ver algunos chavos de clase media urbana con cara de genios incomprendidos que leían a Sartre, Camus, Lagerkvist, a los poetas beats y a Hesse; vestían suéteres negros de cuello de tortuga y asistían a los cafés “existencialistas”. De pronto, éstos habían brotado en la ciudad de México a principios de los años sesenta y tenían nombres ad-hoc como El Gato Rojo, La Rana Sabia, Punto de Fuga, El Gatolote, El Coyote Flaco, Acuario; en ellos se bebía café, se oía jazz y a veces se leían poemas. Estos jóvenes en realidad eran un híbrido de existencialistas y beatniks, pero en México se les conoció como “existencialistas”, supongo que porque así les decían a los cafés y porque a cualquier joven “raro” también se le decía así.

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